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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Nueva - PERASHAT JAIE SARA-18
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס”ד


PRIMERO, AGRADECER
“Beba mi señor… y sacaré agua también para sus camellos”
(Bereshit 24,18-19)

Acompañado por la bendición de Abraham, que lo ayuda acortándole el camino, llega Eliezer a Jaran, y mientras todavía está rezando al Creador para que lo ayude a encontrar a la mujer para el hijo de su patrón, Rivka sale a su encuentro con la jarra de agua sobre su hombro, y nuestros sabios nos enseñan que ella, apenas una niña, no necesitaba esforzarse para recoger el agua de la profundidad del pozo, sino que el agua subía a su encuentro…

Eliezer pide tomar agua, y ella le dice: “beba mi señor… y también sacaré agua para sus camellos”, y el hombre se reverencia ante Hashem.

Ahora, necesita conseguir el permiso del padre, que acepte que él se la lleve a su tierra. De esto dependerá todo. Va a la casa, y le extienden la mesa. Cuenta su relato y ellos dicen: “todo esto salió de Hashem... Rivka está frente a ti, y será la esposa del hijo de tu patrón, como la Palabra de Hashem”.

¡Maravilloso! ¿Qué debería hacer ahora Eliezer?
Agradecerles por entender y ver que todo viene de Hashem, aceptando la propuesta, o tal vez estrecharles la mano y decirles “Mazal Tov”, felicidades, o un brindis, “Lejaim”, con una copita de alguna bebida fuerte…

Pero no, Eliezer se arroja al suelo: “y fue cuando el siervo de Abraham escuchó estas palabras, se inclinó ante Hahsem…”, esto es lo primero, debe ser la reacción automática, la primera, agradecer al Creador del Mundo.

Y esto, desde luego, no provoca ningún mal, ni nos exime de la obligación de agradecer a la persona por medio de la cual nos llega la bondad (de Hashem). Si Hashem eligió a esta persona para que sea la encargada de hacer llegar Su Bondad es porque Hakadosh Baruj Hu elige a una persona justa para que gracias a sus méritos sea la portadora del bien.

Y justamente, ser agradecidos, reconocer el favor que recibimos, es la piedra fundamental del judaísmo, la cualidad principal y exclusiva. Obligatoria. Malki Tzedek, rey de Shalem, perdió el sacerdocio porque le dio la bendición a Abraham antes de darle la bendición a Hashem.

Y el relato es conocido (Toldot Iaacov Iosef) sobre un rey, que tenía frente a él a dos hombres que le alegraban su tiempo, como la costumbre de aquellos días. Uno de ellos, cantaba canciones con alabanzas al rey, que lo felicitaba por sus obras, por su caridad y su bondad para con el pueblo, canciones llenas de hipocresía. Sus canciones hablaban sobre las ciudades construidas por el rey, los desiertos florecientes, convertidos en verdes praderas, los modernos caminos y los mercados repletos de compradores, vendedores y todo tipo de mercancías. Y cómo olvidar las guerras, con increíbles estrategias para dominar en cualquier frente, y las victorias obtenidas contra cualquier enemigo…

Escuchar todo esto era muy agradable para el rey, pero después de escucharlo día tras día, hora tras hora, lo cansaba un poco. Por eso, se alternaba con otro artista muy bien preparado, un iehudi, que le hacía escuchar hermosas canciones, en las que alababa y agradecía al Bore Olam, alabanzas por haber creado la luz y la oscuridad, por hacer salir el sol y por detener los vientos, agradeciendo a Hashem por cada cosa, sea simple o no tan simple, por hacer crecer los arbustos y llenar el mundo de flores, frutas, cereales, en fin, alimentos para la gente y para los animales, cosas que brindan al rey salud, fuerza y poder, entendimiento, tranquilidad y alegría…

El rey era un hombre creyente, sabía que en su reinado se revelaba el Favor de Hashem, pero no se puede negar que las canciones del primero eran más agradables a sus oídos…

El rey pensó un momento: los dos cantores hacen su trabajo con fe y voluntad, y los dos recibirán su salario con integridad. Pero, el primero, que siempre me alaba, merece recibir un regalo de mis manos, mientras que el segundo, ya que alaba tanto al Creador, que reciba el “regalo” directamente de su Creador… ¿Qué hizo? De inmediato dio la orden y firmó el decreto: ambos recibirían “panes” de regalo, pero no cualquier pan, sino los panes que se sirven en la mesa del rey. No existen como ellos a la vista, en sabor y aroma. Además, como complemento del decreto, ordenó esconder entre la masa del primero de los cantores, su regalo, veinte monedas de oro…

Al finalizar su trabajo del día, ambos recibieron sus panes. El primero tomó su salario y su rostro se oscureció: sus panes eran muy pesados, al parecer la masa no se elevó lo suficiente, y se veía dura y difícil para comer. Le dijo a su compañero, al cantor iehudi: ¿no quieres que cambiemos los panes?

Pensó el iehudi: de todas formas, estos panes no son “Kasher” y no voy a comerlos, tenía la intención de arrojarlos a las gallinas, ¿qué problema tengo en cambiarlos para favorecer a mi compañero? Tomo los panes pesados y los llevó frente a sus gallinas. Cuando los partió encontró las monedas de oro…

Al día siguiente, el rey esperaba el agradecimiento del primer cantor, pero eso sucedió con el segundo, que se acercó para agradecerle. Desde luego, no le contó al rey que repartió los panes entre las gallinas, sólo se limitó a agradecer por las monedas de oro.

El rey estaba furioso, ¿cómo pudo pasar algo así?, ¿quién es el responsable de semejante error, pasando por la voluntad del rey? Cuando ese día llegó el turno del iehudi para entonar sus cánticos, comenzó, por supuesto, a alabar al Creador, que puso en el corazón del rey un buen pensamiento, para brindarle un regalo tan valioso y significativo. No estaba en la idea del rey recibir las gracias del iehudi, pero si él recibió el regalo, al menos que las gracias fueran para él y no para el Creador…

Esto enfureció aún más al rey, que decidió cerrar para siempre la boca del cantor iehudi. Ordenó hornear otros dos panes, pero en uno de ellos pondría un poderoso veneno…

En su enojo, el rey no podía pensar que tal vez el iehudi pondría el pan en la mesa familiar, y no lograba medir el alcance de su decreto. La esposa y los hijos del cantor podían morir, y ellos no eran culpables…, pero una sola cosa quería el rey… no quería escuchar más las canciones de agradecimiento al Creador.

Los dos recibieron sus panes y dieron las gracias. El iehudi partió rumbo a su casa, que quedaba en el otro extremo de la ciudad, lejos del centro de la capital del reino. Como podemos imaginar, jamás se le pasó por la cabeza la idea de comer el hermoso pan. Las gallinas todavía tenían bastante comida con el pan que recibió el día de ayer. Guardaría el pan para el día siguiente, y también para las gallinas.

Por la noche golpearon a la puerta de su casa. Para sorpresa de todos, era el hijo del rey, que regresaba agotado de una cacería, y decidió descansar un poco en la casa del cantor del rey, y comer alguna cosa.
-Tengo algo especial y digno para un príncipe, dijo el iehudi.

-¿Qué?
-Tengo pan de la mesa del rey, regalo de tu padre…

Traducido del libro Maian Hashavua.

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 




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