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Shabat Shalom


EN LOS TIEMPOS DEL ARIZAL- Haftará Metzora
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס"ד

“Esta es la ley del leproso…” (Vaikra 14,2)

En la Haftara de nuestra perasha fueron nombrados “cuatro hombres leprosos”. Ellos fueron Guejazi, el sirviente de Elisha, y sus hijos. Su alma fue desplazada del Olam Haba, y durante cientos de años esa alma no consiguió llegar a su destino final. Hasta que algo pasó en los días del Ari Hakadosh. Y esto fue lo que sucedió:

“David y Ionatan”, así los llamaban desde la niñez. “Un amor que no depende de ninguna cosa”, todos hablaban de ellos y se asombraban de lo unidos que eran los dos amigos. También cuando crecieron. Ellos, Iosef Javilav y Shlomo Albujar, los amigos inseparables que vivían en Tzfat. Siempre eran vistos juntos, jamás nadie los vio por separado. Iosef y Shlomo, Shlomo y Iosef, de la mañana a la noche, juntos…

Cuando los dos compañeros crecieron, sus caminos no se separaron. En la Ieshiva del gaon hakadosh rabi Moshe Alshij ztz”l, siguieron sus estudios, todo el día en “Jabruta” (estudiando uno con el otro). Se convirtieron en el símbolo de la amistad, y ningún viento que soplara en el mundo era capaz de mover esa unión.

Era tan natural que estén juntos, que también después de casarse, no se separaron. Se casaron prácticamente al mismo tiempo, enseguida formaron una sociedad, y abrieron un comercio. El éxito estaba con ellos y el negocio creció en forma asombrosa.

En pocos años, Iosef y Shlomo pasaron a ser los hombres más ricos, no solamente de Tzfat y sus alrededores, sino de todo el Galil.

A pesar de eso, una nube acechaba sobre Iosef. Su corazón estaba dolido, el negocio florecía, pero su casa no. Pasaban los años y los hijos no llegaban. Y la casa de Shlomo, estaba llena de niños. Las voces, las risas y los llantos de los bebés, llenaban las paredes de la casa de Shlomo. Muy cerca de allí estaba la enorme mansión de Iosef, como abandonada, vacía. Shlomo tenía casi cada año un Brit Mila, o un Kidush (por una niña), y Iosef siempre se asociaba en la alegría de su gran amigo, con todo su corazón, pero…

Esos años de profundo dolor hicieron lo suyo. Muy lentamente, se fue formando una gran pared entre los dos grandes amigos y socios. Cuanto más se agrandaba el dolor en los corazones de Iosef y su esposa, más se enfriaba esa gran amistad. Y se formó una gran muralla que quería destruir el antiguo amor entre ambos. Al principio, todo parecía seguir en orden. Llegaban al negocio por la mañana, se saludaban de buena forma, pero detrás de ese saludo, en el interior de cada uno, se fue generando un odio terrible.

Los que decían saber, atribuían la culpa a Naomi, la esposa de Shlomo, que estaba muy enferma. Se sentía como si todo el mundo la estaba mirando, a ella y a su fortuna. Cuando estaba frente a Sara, la esposa de Iosef, sentía terror, como si estuviera frente al Angel de la muerte… Cuando Sara entraba a la casa de Naomi, ella escondía a los hijos, para evitar que Sara les echara un “mal ojo”… Ella matará a nuestros hijos, le decía a su marido, con los ojos llorosos. Todo esto fue como un rayo, que alejó el corazón de Shlomo, hasta que llegó a odiar a su mejor amigo, de toda la vida. Y cuando se dio la primera oportunidad, rompieron la sociedad tan exitosa que tenían, y cada uno abrió un negocio por su cuenta.

Pasaron de la sociedad a la competencia. Los dos negocios estaban muy próximos y ofrecían los mismos productos. La separación fue separación en todo sentido. Iosef siguió progresando como cuando estaban en sociedad, en cambio para Shlomo, la rueda se invirtió. Su negocio permanecía desierto durante todo el día, y su antigua fortuna fue desapareciendo… La envidia que tenía para con su antiguo socio fue consumiéndolo como el fuego. Al estar sin trabajo durante todo el día, sus pensamientos giraban torno a una sola cosa: cómo sacar a Iosef de su camino…

En esos días, Iosef visitó al Ari Hakadosh. Le repetía una y otra vez, hablando al corazón del rab: ¿para qué me sirve toda la fortuna?, ¿para quién será cuando yo muera? Habían pasado ya veinticinco años desde su casamiento, y todavía seguía esperando que Hashem lo premiara con hijos. Y aunque parecía asombroso, el Arizal evitaba responderle o hacer algún comentario de las quejas de Iosef.

Finalmente, un día, el Ari le dio una garantía a Iosef: Sara, tu esposa, quedará embarazada y tendrá un hijo.

Lo dijo en un lenguaje muy parecido al que los Angeles utilizaron para anunciarle a Abraham Avinu que su esposa Sara tendría un hijo.

Y al año siguiente, toda la ciudad de Tzfat estaba de fiesta. Iosef tuvo un hijo después de veintiséis años de matrimonio…

Cientos de personas se reunieron en la casa de Iosef el octavo día, para asociarse en la gran alegría. La casa estaba repleta de punta a punta. La madre y su bebé esperaban en un cuarto contiguo. Todos esperaban la llegada del Ari Hakadosh, que sería el Sandak del niño que nació a partir de las palabras de su bendición. En medio del ruido, nadie se percató de una persona que, ingresó a la cocina en forma muy silenciosa, estuvo allí un momento, y salió rápidamente hacia la calle.

¿Qué le pasó a Rabenu Hakadosh?, preguntaba la gente, que seguía esperando. El sol estaba ya por ocultarse, y el Ari no llegaba. Cada uno tenía una respuesta. Alguno sugirió que tal vez estaba profundizando en los secretos de la Tora y se olvidó del Brit Mila… Cuando ya muchos pensaban que el Brit no se haría antes de la puesta del sol, se abrió la puerta de la casa, y el Ari ingresó.

El Brit Mila se hizo de inmediato, y la gran concurrencia se disponía a festejar con el gran banquete preparado para cientos de personas. Pero el rab detuvo a todos: seguramente ustedes se preguntarán por la causa de mi demora. Como no se puede hacer esperar a un grupo de personas, me veo en la obligación de contarles por qué tardé tanto en llegar.

Cuando venía hacia aquí, me persiguió un perro muy grande que me ladraba con desesperación. El perro era la reencarnación del alma de Guejazi, que me pedía ayuda.

Le pregunté por qué volvió al mundo en forma de perro. Y me contó que cuando Elisha, el profeta, le encomendó revivir al hijo de Shunamit, le dio una vara con la que debía tocar al niño. En el camino, quiso probar el poder de la vara, y tocó con ella a un perro muerto, que enseguida revivió. Pero eso le sacó el poder a la vara, con lo cual Elisha tuvo que ir en persona y revivir al niño. Guejazi fue castigado y volvió al mundo como un perro.

Le dije a Guejazi, concluyó el Ari Hakadosh, que su alma encontraría el descanso cuando se sacrifique por el pueblo de Israel…

Mientras tanto, en la cocina, las mujeres estaban a punto de servir los platos de comida. En ese momento sacaban la gran olla del fuego, repleta de pescado. De pronto, se escuchó un ruido que hizo dar miedo a todas las mujeres. Un perro grandísimo, entró desde la calle, corrió a la cocina, y se lanzó dentro de la olla hirviente. Y resultaba asombroso, ya que normalmente, la naturaleza de los animales los hace escapar del fuego, y este perro, con toda su intención, se metió dentro del fuego…

La concurrencia había esperado tanto este momento, y ahora todos se lamentaban. La comida se arruinó de una forma tan impensada.

Esto no ha sido algo malo, sino algo muy bueno, dijo el Ari. Este perro ha salvado nuestras vidas. Los pescados estaban envenenados. Antes de la comida, estuvo aquí, en la cocina, Shlomo Albujar, y con su terrible odio, quiso oscurecer la alegría de la fiesta, poniendo veneno dentro de la olla.

Algunos de los concurrentes no creyeron, y trajeron a la casa otro perro. Le pusieron la comida delante, y el hambriento perro se lanzó sobre la comida. No terminó de comer y comenzó a retorcerse hasta que murió.

Todo había sido calculado muy bien por Shlomo Albujar. Solo que no pensó que hace dos mil años que el alma de Guejazi buscaba un “arreglo” y justamente hoy se encontró con el Ari Hakadosh…

Traducido del libro Maian Hashavua.

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 

 




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