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Shabat Shalom


La Hoja - PERASHAT JAIE SARA-19
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



ENTRADOS EN DIAS

“Y fue la vida de Sara, cien años, y veinte años, y siete años”

(Bereshit 23,1)

Un sabio, llegó a una ciudad, y visitó su cementerio. Para su sorpresa, tuvo frente a sus ojos algo muy extraño. Sobre cada monumento del cementerio, estaba grabada la edad del fallecido. En la primera tumba que vio, estaba grabado: “dejó la vida a los diez años y tres meses”. En la segunda: “a los cinco años”. En la tercera: “a los doce años”, y así en todas las tumbas. Todos habían fallecido a temprana edad. El mayor de todos llegaba sólo a los treinta años…

El rab estaba muy sorprendido, y preguntó a los habitantes del lugar, ¿tal vez se trataba de la tierra que se come a sus habitantes? Sin embargo, con sus ojos podía ver que en la ciudad había hombres mayores y también ancianos…

Sin esperar, fue a buscar al principal de la “Jevre Kadishe” (la organización que se ocupa de realizar los entierros) para que le explique lo que había visto. El hombre le dijo: usted debe saber, que la costumbre de este lugar, una costumbre muy antigua, no es grabar la edad de las personas sino las horas que aprovecharon sólo para el estudio de la Tora y el cumplimiento de los preceptos, porque estos son los verdaderos años de vida. Cada uno de nosotros, desde que tenemos entendimiento, escribimos cada hora que santificamos para el estudio de la Tora y para realizar acciones de favor, así vamos acumulando las horas en días, los días en meses y los meses en años, y al final de la vida, ese número se graba en la tumba del fallecido.

Cuando terminó de escuchar, el rab se paró y proclamó con emoción: “Bendito Hashem, que eligió a Su Pueblo, tan especial”.

Con respecto a Sara Imenu, dice el Midrash sobre el versículo “y fue la vida de Sara, cien años, y veinte años, y siete años” – que todos sus días estuvieron llenos de Tora, preceptos y buenas acciones. Ella aprovechó cada instante de su vida, también mientras comía y dormía, la finalidad era para servir a Hashem.

Lo mismo con respecto a su esposo, Abraham, está dicho “y Abraham era anciano, entrado en años”. ¿Qué significa “entrado en años”? No hablamos de ancianidad, eso ya está expresado en la palabra anterior, en el mismo versículo.

Explica el Haalshij Hakadosh: se trata de un hombre en el que sus días vienen junto a él. Abraham llenó sus días con un contenido pleno, “haciendo”. Y cuando se presenta en el Tribunal del Cielo, viene con todos sus días, ninguno de ellos está ausente…

Este trabajo, el aprovechamiento del tiempo, no es para nada simple. El Ietzer Hara (el instinto del mal) trabaja para que el hombre pierda el regalo más valioso que tiene en sus manos – ese tiempo limitado que le pertenece. Por momentos le aplica al hombre una especie de anestesia, para que no sienta el paso de los días. Y otras veces, hace lo contrario, ocupándolo con todo tipo de cosas que lo obstaculiza. Lo hace transitar por la nulidad, y los pensamientos se ocupan con una pregunta: ¿cómo “matar” el tiempo?, o está el hombre que nunca tiene tiempo. Tal vez, si revisamos, podemos encontrar, que siempre estamos ocupados en asuntos que no son sino una forma de perder el tiempo…

Existe la persona que vive muchos años, hasta llegar a la ancianidad, pero cuando analiza sus años en una prueba de valorización, descubre, con esta prueba, que todavía transita la niñez… este hombre llega a la edad de ciento veinte años y muere, la “Jevre Kadishe” no entierra a un hombre de ciento veinte años, sino a un hombre de “un día”, porque el resto de sus años los enterró él mismo…

Para palpar esta forma de vida, que lamentablemente vive mucha gente, traeremos un relato que es conocido, un relato de hace tiempo:

En una residencia de ancianos de las afueras de la ciudad, está sentado uno de los ancianos, en un antiguo sillón del patio. Está pensando: “tal vez si escribiría la historia de mi vida, encontraría gente interesada en leerla…”

Del pensamiento al hecho, se incorporó en el sillón, se subió al “andador” que necesita para movilizarse, y lentamente subió a su cuarto. Se sentó frente a la mesa, acomodó la lámpara, tomó una hoja de papel en blanco, y escribió con letras grandes: “Esta es la historia de mi vida”. Deslizó el bolígrafo hasta el siguiente renglón y ya estaba listo para comenzar…

¿Qué voy a escribir? – se preguntó – podría comenzar desde mi nacimiento, cuando era un bebé y dormía en mi cuna, pero no me acuerdo…

Y si escribo sobre el comienzo de mi infancia, cómo jugaba en el barro, y mi madre me pegaba por eso, la generación joven no entenderá sobre lo que estoy hablando.

Tal vez escribir sobre el triciclo que me compró mi abuelo al cumplir los seis años, aunque en esto no hay nada interesante…

Tampoco puedo escribir sobre el paseo anual que hicimos en la escuela. No fue un safari, ni volamos, no tuvo nada de especial. Todo seco, sin atractivos, solamente fue un paseo apreciando la naturaleza…

Lo mejor será comenzar por la etapa de la adolescencia, a partir de mi “Bar Mitzva”. Puedo escribir sobre los festejos con mis compañeros, recordar los regalos que recibí, las bendiciones que me desearon… ¡Mejor no! ¿Qué tiene de especial? No hay nada digno de destacar, sería una lástima utilizar el papel para esto…

Seguimos adelante y llegamos a una etapa donde los exámenes resultaban tan aburridos, los días pasaban y no hacíamos nada. Tampoco se puede escribir sobre esos días…

No hay alternativa, comenzaré con mis días en el ejército. Eramos un grupo de jóvenes muy fuertes, queríamos conquistar el mundo entero, nos hacían “bailar” con un entrenamiento muy riguroso, y pensábamos que podíamos salvar al mundo. Hasta que luego supimos que el jefe del grupo se estaba burlando y nos hacía creer cualquier cosa. Así pasaron otros tres años de “nada”. ¡No! Aquí no hay ninguna novedad…

¡Ya sé por dónde comenzar! Por mi matrimonio. ¡Esos fueron unos días hermosos! Días optimistas, llenos de esperanza, días de amor y alegría… ¿Y qué ha quedado de esos días? Recuerdos oscuros del saldo negativo en el banco, del cambio de trabajo para conseguir uno peor. Los niños nacieron, crecieron, y nos patearon. Las notas de los maestros de los niños… Otra cosa sobre la que no puedo escribir…

¿Y si empiezo por una etapa posterior? Cuando los niños fueron al ejército, y mi esposa y yo quedamos solos en casa, llenos de tiempo libre para discutir y pensar en la juventud que se fue… O puedo escribir sobre el perro que compramos para no sentirnos solos… O sobre los niños que venían a visitarnos una vez al mes para pedirnos dinero y seguir con sus vidas… Todo esto es muy pesado…

¿Qué nos queda? Los días de la ancianidad. Corriendo de doctor a doctor, de un hospital a otro, hasta el día en que tuve que “acompañar” a mi esposa hasta su porción de tierra. Y unos días después, los hijos me trajeron a esta residencia…

En la mañana se abrió la puerta. Junto a la mesa encontraron a un hombre anciano, su cuerpo estaba helado, caído sobre la mesa, y en la mesa una hoja de papel vacía, con un encabezamiento: “Esta es la historia de mi vida”…

Vamos a proponernos, no desperdiciar el tiempo, aprovecharlo para la Tora, los preceptos y las buenas acciones, para que también se pueda decir sobre cada uno de nosotros, cuando llegue alguno de esos días, que estamos “entrados en días”.

 

Traducido del libro Otzaroteinu.

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 


 




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