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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Nueva -PERASHAT MISHPATIM-20
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס”ד

CON HASHEM, NO HAY PREFERENCIAS

“y será que si él me suplica (el pobre) Yo lo escucharé, porque Yo Soy Compasivo” (Shemot 22,26)

El rab y sus alumnos, miraron hacia afuera, a través de las ventanas del Beit Hakneset (Casa de Oración). La ciudad era pequeña, y también, muy necesitada de las lluvias. Ellos ahora estaban buscando al décimo para el Minian (el Minian, compuesto por un mínimo de diez hombres para rezar juntos), y así poder rezar para pedir que Hashem les mande las lluvias de Bendición. Desde la ventana del Beit Hakneset, pudieron ver a un iehudi, que se había apartado del camino (de la Tora, lo alenu), y lo llamaron para que complete el Minian y así poder comenzar las oraciones.

“¿A mí?” El hombre estaba confundido y buscaba la forma de escurrirse, “si yo rezo con ustedes, Hashem detendrá las lluvias por unos cuantos meses más”…

“Si fuera por eso”, contestó el rabino con una sonrisa amplia, “puedes estar tranquilo. Por personas como tú, ya cayó el diluvio en el mundo”…

Hay personas que desprecian el mérito que le fue dado a cada iehudi, ya que en cualquier categoría (espiritual) que se encuentre, es posible “hablar” con Hakadosh Baruj Hu, en cualquier momento. Sólo es necesario despertar.

El Ietzer Hara (instinto del mal) engaña al corazón de muchas personas diciéndole que el mérito de hablar con Hakadosh Baruj Hu fue dado sólo para los grandes justos, y no para “el pueblo”, no para personas “comunes” como ellos. Tal vez, cuando explicamos el versículo con que comenzamos, de acuerdo a las palabras de Rebenu Haramban ztz”l, vemos que “Hashem recibe y acepta los pedidos y súplicas de toda persona, inclusive cuando esta persona no sea del todo correcta…

Aunque aquí sí hay una condición. Los pedidos, las oraciones tienen que “salir” de lo más profundo del corazón. Por eso Hashem nos dice que es Misericordioso, Compasivo, y escucha el grito de todo el que suplica…

En los primeros tiempos del surgimiento de la ciudad de Ashdod, el lugar era como un desierto para la espiritualidad. En el Ashdod de aquellos tiempos, no había ninguna posibilidad de contar con los servicios de transporte esenciales para cubrir las necesidades de las familias observantes de la Tora que se establecieron allí. Ni siquiera contaban con una línea de autobuses que los llevara hasta Bnei Brak. Para servir a estas familias, había una línea de autobuses privada (en realidad era un solo autobús), que unía Ashdod con Bnei Brak.

Esta línea comenzaba a funcionar bien temprano por la mañana, reuniendo maestros, maestras y alumnos, que enseñaban y estudiaban en Bnei Brak, y de allí, seguía en camino hasta Haifa, haciendo una parada en Netania.

Después, en la tarde, casi en la noche, emprendía su camino de regreso, repleto de viajantes que subían en Bnei Brak, para llegar a sus casas en Ashdod. Prácticamente, los pasajeros eran siempre los mismos, y así lo eran los sufrimientos del viaje que debían soportar.

Uno de esos días – me contó el conductor del autobús – en una de las paradas subió un joven que me preguntó si llegaba hasta el pueblo llamado “Nir Galim”, muy cercano a Ashdod. Probablemente tenía una parada allí, pero si mal no recuerdo, jamás tuve que detenerme en ese lugar. Por eso tardé un poco en contestar, hasta que contesté “¡con alegría!”, por qué no le voy a hacer un favor a un iehudi…

Cuando llegamos a la entrada del pueblo y el joven bajó del autobús en la parada que me solicitó, pude ver a una mujer anciana, que estaba sentada, esperando en la parada. En el momento en que me detuve, se levantó la mujer de su asiento y me preguntó: “¿Usted llega hasta Haifa?

“Sí”, le contesté con sorpresa.

“Qué bueno”, dijo ella, “ya mismo voy a traer mis cosas”. Y antes de que pudiera contestar, la anciana volvió a la parada, arrastrando varias bolsas muy grandes.

Un grupo de estudiantes bajó del autobús para ayudarla con sus paquetes y subirlos al autobús, y también le dejaron un asiento libre al lado del conductor.

“Abuela”, de pronto se me ocurrió preguntarle algo, “¿por qué estaba esperando en esa parada?”

“¿Qué quiere decir por qué? Es una parada de autobuses, ¿cierto?, contestó con asombro.

“Es cierto”, le expliqué, “aquí hay una parada, pero ¿quién le dijo a usted que aquí se detendría un autobús en camino a Haifa?”

“Nadie”, contestó.

Y yo no entendía: “Si no sabía que por aquí pasaría un autobús rumbo a Haifa, entonces, ¿por qué estaba esperando?”

“Simplemente, porque es la única parada que hay aquí”, me dijo con paciencia, mientras yo seguía sin entender.

“Es cierto”, dije otra vez, y traté de explicarme a mí mismo, “pero en esta parada no tiene por qué detenerse un autobús rumbo a Haifa. Podía estar sentada aquí hasta la noche, sin que llegue ningún autobús”.

“Pero podemos ver que usted si llegó a la parada”, contestó la mujer con una sonrisa triunfal.

“Usted tiene razón”, acepté, “pero yo, nunca antes me había detenido en esta parada, y si no me hubiera detenido, ¿usted que hubiera hecho?”

“Habría esperado otro autobús”, contestó con seguridad.

“Pero otro autobús tampoco se detendría aquí, porque en esta parada no se detienen los autobuses que se dirigen a Haifa”.

“Yo necesitaba llegar hasta Haifa, y me dijeron que vaya a la parada de enfrente y que suba a un autobús con destino a Ashdod, y en Ashdod esperar en la parada de los autobuses que viajan a Haifa. Por eso le dije al Bore Olam: ¡Padre que estás en el Cielo!, Tú sabes que soy una mujer anciana, y estoy muy cansada, no tengo fuerzas para llegar hasta la parada de enfrente con todos mis paquetes, y tampoco tengo fuerzas para subir todos los paquetes al autobús. Por eso le pedí al Bore Olam, que me traiga un autobús con destino a Haifa desde aquí, la parada que tenía más cerca”.

“¿Entonces?...”, yo esperaba escuchar algo más.

“¿Entonces qué?... Usted puede ver. Pedí y Hashem me envió un autobús hacia Haifa, desde aquí, desde esta parada”.

“Abuela”, le pregunté otra vez con emoción, cuando entendí que ocurrió un gran milagro frente a mis ojos, y yo era una parte importante del milagro, ¿tal vez usted me pueda decir, exactamente, cómo pidió esto?”

“Tal cual como ahora estamos hablando ahora, en la forma más simple que existe: por favor, Creador del Mundo, haz conmigo un Favor y tráeme aquí un autobús hacia Haifa, eso fue todo”.

Aparentemente, la mujer anciana no entendía mi asombro para llegar hasta los detalles más pequeños, pero trató de complacer mi pedido, mientras todos los pasajeros escuchaban en silencio, asombrados por la “Supervisión Particular” que estaba a la vista de todos.

Traducido del libro Otzaroteinu.

 

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 




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