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Shabat Shalom


La Nueva Hoja Nueva -PERASHAT TERUMA-20
Por. Adaptación Rav Gabriel Guiber



בס”ד

SIN INTERESES

“Y tomarán para Mí la ofrenda de todo hombre cuyo corazón lo impulse a dar” (Shemot 25,2)

El pedido casi personal, que los pobres de la ciudad habían hecho llegar al rabino, provocó una lectura muy sentida sobre el estrado del Beit Hakneset (Casa de Oración) para incitar a todos a colaborar con la “Kimja Depisja” (la colecta y reparto que se realizan antes de la festividad de Pesaj, para ayudar a la gente necesitada con los gastos de dicha festividad).

Al día siguiente, cuando el rabino llegó para enseñar, los alumnos sentían la curiosidad de saber si de esas palabras pudieron verse los frutos.

“Alcancé a conseguir el cincuenta por ciento”, contestó el rabino. “Los pobres ya están dispuestos a recibir lo que hay, pero ahora me queda, solamente, hacer que los ricos acepten la propuesta y empiecen a dar…”

Cuando Hashem ordena traer las ofrendas para el Tabernáculo del desierto, Hakadosh Baruj Hu pone énfasis: “tomarán para Mí, la ofrenda”. Está claro que Hashem no necesita ese dinero, entonces, ¿para qué enfatiza el “para Mí”?

Nuestros sabios, de bendita memoria, explican que “para Mí” significa “en Mi Nombre”. Hakadosh Baruj Hu pone bien claro, delante de Moshe, la necesidad de que la intención en la ofrenda sea “en Nombre del Cielo”, al dar para la construcción del Tabernáculo.

Y podemos decir, que tal vez, uno de los preceptos más difícil de realizar “Leshem Shamaim” (en Nombre del Cielo), es precisamente, el precepto de dar caridad.

Hay personas que sólo realizan su aporte cuando el encargado de juntar la caridad se les acerca y les pide. Y lo hacen sólo para que nadie piense que son amarretes, y que tanto les cuesta desprenderse de algo de dinero, cuando tienen tanto de sobra…

Frente a ellos, otros que buscan a dicho encargado y entregan su aporte, pero sólo lo hacen para engrandecer sus nombres, tal cual como pagan por publicidad que haga conocer sus negocios…

El punto en común en estos dos tipos de personas, es que no cumplen con integridad el precepto de la Tzedaka, y tampoco “Leshem Shamaim”.

Por eso, viene la Tora a enseñarnos, que el hombre, cuando quiere aportar de su dinero para los pobres o para fortalecer el estudio de la Tora, tiene que intentar, con la mayor fuerza que le es posible, disminuir sus intereses personales. Recordar y hacerse recordar que el dinero no le pertenece, y que cuando hace un aporte de caridad, el primer beneficiario es él y no los pobres…

Una vez, llegó del exterior de Israel, un iehudi muy poderoso y rico, a la oficina del principal de los rabinos de Israel, el “Rishon Letzion”, el gaon, rabi Mordejai Eliahu ztz”l. Era muy conocido por su gran generosidad.

Pero esta vez, cayó en un desastre financiero. Los bancos no querían darle más crédito, los acreedores exigían los pagos, y no estaba muy lejos de declararse en quiebra.

A la oficina del rabino, llegó como desesperado, y le pidió en voz baja: “honorable rabino, necesito urgente una bendición. Sin la llegada de un milagro, me convertiré en un pobre, tal vez el más pobre”.

“¿En qué monto están valuados tus negocios, hoy en día?”, se interesó el rabino.

“No valen casi nada”, contestó con vergüenza, “nadie está dispuesto a comprar negocios que caen en picada”.

“Yo sí quiero comprar tus negocios”, lo sorprendió el rabino, “pero no todo, sino sólo la mitad. ¿Te gustaría que yo fuera tu socio en tus negocios?”

“Seguro que sí”. Los ojos del millonario comenzaron a brillar de nuevo, aunque no entendía a qué quería llegar el rabino.

“Entonces”, dijo el rabino, que era de hablar y hacer de inmediato, “vamos a llamar a un abogado para firmar el contrato de sociedad entre los dos”.

“No es necesario, honorable rabino. Yo soy un hombre de negocios, y mi palabra ¡es palabra!”, así afirmaba el millonario.

El rabino sonrió, se dieron un apretón de manos, y dijo: “entonces, como primera medida, y lo pido como socio, nuestros negocios permanecerán cerrados en Shabat”.

El rostro del millonario se oscureció. “Es imposible, honorable rabino. En el exterior, todos los comercios abren en Shabat. Si cierro mis negocios en Shabat, aumentarán mucho más mis deudas.

“Sea en el exterior o no sea en el exterior, ¡mis negocios no trabajan en Shabat! Si nosotros somos socios, y tu palabra es palabra, ¡tú tendrás que aceptar mis condiciones!” Las palabras del rabino no dejaban dudas, y el millonario no quería romper esta sociedad que recién comenzaba con el rabino, así que le aseguró que cumpliría con su pedido.

Cuando el millonario dio su palabra, el rabino le dio su bendición, para que tenga éxito en los negocios. Se separaron con un cálido saludo, y el hombre viajó de vuelta a su casa, en el exterior.

Pasaron unos meses, volvió a la tierra de Israel, y se apuró a ver al rabino en su oficina. Su rostro brillaba. “Honorable rabino”, le informó, “cumplí su exigencia, cerré todos nuestros negocios en Shabat, y Baruj Hashem, el milagro se produjo, devolví todas las deudas, y ahora estoy nuevamente en mi posición anterior, con una gran riqueza”.

El rabino lo observó con una sonrisa muy agradable: “Baruj Hashem, el Shabat es la fuente de la bendición. Tienes que seguir así”.

El hombre le agradeció al rabino, y antes de salir, sacó de su bolsillo un paquete muy “gordito”, y entregándoselo al rabino, le dijo: “honorable rabino, aquí está su parte en nuestras ganancias. Porque nosotros somos socios…”

El rab miró el paquete, pensó por unos instantes, y después preguntó: “¿podrías hacerme un favor?”

“Desde luego”, contestó el millonario.

“Entonces”, pidió el rabino, “ve al comercio donde venden libros, en el barrio de Gueula, y compra muchos libros con relatos de los hombres justos de nuestro pueblo, para tus hijos. Después, irás al negocio que está junto al primero, y comprarás un hermoso candelabro de plata, especial para Shabat, para tu esposa. Hay suficiente dinero para ambas cosas”.

“Pero, rabino”, intentó negarse, “es el dinero del rabino, no mío”.

“Exactamente”, dijo el rabino, “es mi dinero, y con mi dinero yo quiero que hagas estas cosas”…

No tuvo alternativa, e hizo como las palabras del rabino. Y así, el rabino consiguió transformar la casa del iehudi en una casa pura y digna de nuestro pueblo, una casa santificada y preparada para que la Divinidad se pose sobre ella (Otzaroteinu).

Traducido del libro Otzaroteinu.

Leiluy Nishmat

Israel Ben Shloime   z”l

Lea (Luisa) Bat Rosa    Aleha Hashalom

Iemima Bat Abraham Avinu    Aleha Hashalom

 




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