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Shabat Shalom


Parashat Kedoshim-5
Por. R.Aharon Shlezinger




El propio esfuerzo es el que vale

En la sección de la Torá "Kedoshim" dice (Vaykrá 19: 23): "Cuando viniereis a la tierra, y plantaréis todo árbol frutal".

En este versículo el Todopoderoso le manifiesta a Israel que aunque sea que a su llegada a la tierra, la encuentren repleta de todo tipo de cosas buenas, no digan: "me sentaré y no sembraré", sino que, igualmente deben esforzarse y sembrar. Esto se aprende de lo declarado por el versículo: "Plantaréis todo árbol frutal",

Esta orden estricta, que anuncia: ‘Así como llegasteis y hallasteis plantaciones realizadas por otros, del mismo modo, vosotros plantaréis para vuestros hijos’".
El individuo no debe pensar: "Yo ya soy una persona mayor. ¿Cuántos años me restan por vivir?. Seguramente no me quedan muchos, ¿y pese a ello me debo esforzar ahora para que otros aprovechen?".

En respuesta a esta factible reflexión, el rey Shelomó dijo: (Kohelet 3: 7-11): "Hay un tiempo para quebrar, y un tiempo para unir, un tiempo para reflexionar, y un tiempo para hablar. Hay un tiempo para amar, y un tiempo para odiar, un tiempo para la guerra, y un tiempo para la paz... Cada cosa que hizo (Di-s), se adecua para ser utilizada en su momento.

También la sabiduría del mundo que puso en los corazones de las personas, no Se la dio a todos en forma íntegra, sino a uno Le dio un poco, y al otro, otro poco para que el individuo no pueda captar toda la creación que fue realizada por El; para que no pueda ver claramente que cosas pueden hacer al hombre tropezar y así también en que día la persona fallecerá.

Si pudiéramos dar un motivo para esto, es que el ser humano debe preocuparse en arrepentirse de las faltas cometidas, y éste se pueda encarrilarse nuevamente en la buena senda al pensar: ‘hoy o mañana puede ser mi último día’.

La reflexión sobre la conducta fallida de la persona en el pasado, y la rectificación, ‘porque quizá mañana ya no vivirá’, es apropiada y buena. Sin embargo, esta misma razón no llevará a este sujeto a despilfarrar todo su dinero ante la posibilidad de no poder disfrutarlo al día siguiente, pensando que le puede ocurrir una desgracia. En este caso, el pensará "quizá aun no ha llegado su hora".

Ante esta perspectiva la persona se dedicará a construir y sembrar; y si este tuviera méritos suficientes para vivir más años, disfrutará del fruto de lo que sembró, y si no, sus hijos lo harán.

Nos cuenta el Midrash (Tanjuma Kedoshim 8) lo que aconteció con Adrianus, el rey del imperio de Romy, que se prolongaba hasta el interior de la tierra de Israel después de la destrucción del Segundo Templo Sagrado.

Cuando el mandatario pasaba con sus tropas por la ciudad de Tiberia en dirección a una nación que se había rebelado a su régimen; en el camino el monarca halló a un anciano que sembraba higueras. El rey le dijo: "Tú eres anciano, ¿y pese a ello, derrochas tus energías esforzándote en plantar, para que otros lo aprovechen?".

El hombre le respondió: "Señor rey, yo siembro, si tendré el mérito, comeré del fruto de mis plantaciones, y si no, lo harán mis hijos".

Le contesto el: "Si recolectas el fruto de esos árboles, házmelo saber" y siguió su camino, al sitio donde guerrearía. Cuando llego, entabló duros combates contra los rebeldes, a quienes finalmente puedo vencer.
Al cabo de tres años, Adrianus emprendió su regreso y halló al mismo anciano, en el mismo lugar que lo había encontrado a la ida.

El hombre mayor al contemplar que el rey ha tornado, tomó una canasta, la llenó de espléndidos higos, se dirigió al guardia del monarca, y le pidió que le avisen al rey, que el anciano que encontró cuando iba camino a la guerra quiere hablar con él.

Los oficiales consultaron al rey, obtuvieron su consentimiento y le concedieron la autorización para ingresar.

El hombre caminó escoltado por los soldados y llegó hasta donde se hallaba el monarca. Se detuvo frente a él y le dijo: "Señor rey, acepta este presente de tu siervo. Yo soy aquel anciano judío que hallasteis cuando marchabas rumbo a la guerra; en aquel momento me dijiste: ‘Tú eres anciano, ¿y pese a ello, derrochas tus energías esforzándote en plantar, para que otros lo aprovechen?’ y también me sugeriste que si recolecto de los árboles que siembro, se lo comunique.

He aquí que el Todopoderoso me otorgó el mérito de comer de los frutos de mis plantaciones, y estas que se encuentran en la canasta son una porción para usted".

Enseguida Adrianus ordenó a sus siervos tomar la canasta, vaciar su contenido, llenarla de monedas de oro y entregarla nuevamente al hombre.

Los súbditos acataron la orden de manera inmediata. El anciano aceptó el presente, y regresó a su hogar dichoso y feliz. Allí le contó a su esposa e hijos todo lo que le había sucedido.

La vecina que vivía al lado de la afortunada familia escuchó lo acontecido, y después de esto regaño a su marido diciendole: "Todos los hombres hacen cosas y el Todopoderoso les proporciona muchas bondades, mientras tú permaneces sentado en la casa, en medio de la oscuridad.

Fíjate que nuestro vecino honró al rey con una canasta llena de higos, y este se la devolvió, pero esta vez, llena de monedas de oro. Ahora levántate, toma una canasta bien grande, y llénala de todo tipo de exquisiteces, manzanas, higos y demás frutas que le gustan mucho. Luego ve y hónralo con ese presente, tal vez el rey hará contigo lo mismo que hizo con nuestro vecino y te llenará la canasta que tu le llevaste tambien con monedas de oro".

El individuo escuchó las palabras de su esposa, e hizo como ella le recomendó. Llenó una canasta bien grande con todo tipo de exquisiteces y deliciosas frutas, la cargó sobre su hombro, y enfiló hacia el campamento donde se encontraba el rey.

El sujeto logró permiso para hablar con el mandatario. Caminó hacia él, se paró frente a su presencia y le dijo: "Señor rey, he oído que amas las frutas, por eso he venido a honrarte con higos y manzanas".

El monarca, tras escuchar esas palabras, de manera inmediata ordenó a su ministro: "Tomen de él el presente, y estrellen las frutas que trajo en su rostro".
Los hombres del rey le quitaron las ropas al sujeto hasta dejarlo totalmente desnudo y comenzaron a estrellar las frutas que trajo, en su rostro hasta que su cara quedó totalmente hinchada a tal punto, que sus ojos quedaron totalmente cerrados, y no podía ver.

El individuo, como pudo, regresó a su casa totalmente angustiado por lo que le había acontecido y derramando un mar de lágrimas por el camino.
Su esposa, cuando lo sintió llegar, pensaba que trajo con él una canasta llena de monedas de oro, pero cuando lo vio y advirtió que su cuerpo estaba totalmente machucado y su rostro hinchado a más no poder, le preguntó: "¿Qué te ha sucedido?".

El marido le respondió: "¡Esto me pasó por escucharte!.
Fui a honrar al rey con la canasta llena de frutas, y me las estrellaron en el rostro. Si hubiera hecho caso a todo lo que sugeriste, llevando todo tipo de frutas deliciosas además de los higos y las manzanas, colocando en el presente también "etroguim" (especie cítrica conocida como "cidros"), seguro me los hubiesen estrellado en la cara, y las consecuencias serían mucho más dolorosas."

La conducta de la mujer, ayudó a este hombre perezoso, a caer aun más bajo del nivel en el que se hallaba.

Ella debía haber estimulado a su marido a que busque un trabajo productivo y gane su sustento honradamente, no a aprovecharse de lo que hacen los demás.
Cada uno debe trabajar y producir, a pesar de ser poseedor de una gran fortuna.
El ejemplo lo dio el mismísimo Creador del universo, quien dijo a Israel: "¡Aprendan de lo que Hice, e imítenme!". En referencia al versículo (Bereshit 2): ‘Plantó Hashem, Di-s un jardín en el Eden’.

La pregunta que cabe hacer es obvia, ¿necesitaba acaso Di-s un jardín?.
La respuesta es, que seguro que lo plantó para que los hombres lo aprovechen y no para El mismo.

Lo mismo debemos hacer nosotros, independientemente de nuestra situación física, social o edad, ser productivos; si tenemos el mérito la cosecha será también para nosotros, si no…, será para nuestra descendencia.




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