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LA PIEDRITA DEL BILLON
Habla a los hijos de Aharon y les dirás: cuando enciendas… (Bamidvar 8,2)
Explica Rashi, y éstas son sus palabras: ¿por qué la perasha del candelabro aparece junto a la perasha de los príncipes (que hicieron sus donaciones para la inauguración del Mishkan)?
Porque cuando Aharon Hacohen ve las donaciones que trajeron los príncipes, se sintió mal, porque ni él ni su tribu tenían parte en la inauguración. Hakadosh Baruj Hu le dice: por tu vida, tu parte es más grande que la de ellos, porque tú enciendes y preparas la Menora. El dolor de Aharon – dice el rab hagaon Arieh Shejter ztz”l – no surge del simple hecho de que los príncipes trajeron sus ofrendas y él no. Su humildad es tan grande, hasta pensar que él no es digno para ser parte de la inauguración, porque no puede colocar la piedra fundamental que establece la continuidad del comienzo espiritual del pueblo. Esto le provoca un gran sufrimiento.
Aharon siempre se destacó por la forma en que elevaba e incentivaba a todos los integrantes del pueblo. Y él mismo, se alegró tanto, cuando Moshe, su hermano menor, fue nombrado para una función más honorable que la suya.
Entonces, ¿cómo sería posible pensar que puede sentir envidia por las ofrendas que acercaron los príncipes? Como es de suponer, Aharon no envidia el mérito que tuvieron los príncipes, sino que su dolor se debe a que él no tuvo ese mérito – independientemente de lo que tengan o no tengan los demás.
Y cuando Hashem le ordena sobre el encendido de las velas del candelabro, entiende que se hizo merecedor de algo grande, una orden para él y para las generaciones, establecido para las generaciones y que tendrá su continuidad en las generaciones – lo que le trae consuelo.
El “Jafetz Jaim” ztz”l lo compara con un hombre que viaja a una tierra lejana, para traer el sustento a su familia. Cuando llega a su destino, observa que sobre la tierra, abundan piedras brillantes y muy bonitas – y lo que más le asombra, es que ninguna persona se molesta en levantarlas. La gente del lugar – más bien – las ven como un tropiezo, que se interpone en sus caminos. El hombre comienza a juntarlas tomando de a puñados, llenando toda caja o recipiente que aparezca al alcance de su mano, y sus intenciones no dejan lugar a la duda (o eso creíamos): llevará todas las piedras que pueda a su tierra, para regalar a sus hijos pequeños y que jueguen con ellas…
Pasado cierto tiempo, el hombre descubre que en la tierra donde se encuentra, la grasa animal se vende a un precio muy bajo. Pensó: en la tierra en la que yo vivo, esta grasa se vende a un precio muy alto… en cambio aquí, es casi gratis… ¡tengo una gran idea!, puedo comprar aquí mucha grasa animal, y transportarla en barco hasta mis tierras… allí la puedo vender y obtener enormes ganancias, hasta hacerme millonario… De la palabra a los hechos. Tomo grandes sacos y los llenó con toda la grasa animal que pudo almacenar. Y tuvo un segundo pensamiento – tal vez más brillante que el primero – es una pena el lugar que ocupan esas piedras que no tienen ningún valor… y arrojó las piedras – esparciéndolas por la tierra, así como estaban en un principio – ocupando su lugar con más grasa animal…
Con gran alegría, el hombre subió al barco, llevando consigo cantidades siderales de grasa animal. Volvía a su tierra con la esperanza de convertirse en un hombre rico, lleno de satisfacciones. Pero, la decepción fue muy grande. Antes de que el barco finalice su viaje, los sacos empezaron a desprender un olor muy desagradable. Toda la grasa se estropeó, y el hombre se vio obligado a arrojar toda su riqueza al mar, lleno de vergüenza… Quebrantado, el hombre regresó a su casa, y contó lo sucedido a su familia – que, de paso, todos estaban hambrientos – contando los días para su regreso con mucha esperanza. Les contó sobre la tragedia en el camino, y cómo se echó a perder todo el fruto de su esfuerzo… ¡Volví a casa sin un centavo!…
Los niños se entristecieron, pero querían saber si tal vez, el padre había traído alguna cosa – al menos un recuerdo – de su larga travesía. Buscando la forma de consolar a sus hijos, el hombre buscó en sus bolsillos, y encontró… En un pliegue del bolsillo descubrió unas cuantas piedras de colores, muy pequeñas, que por algún motivo, no cayeron de su abrigo. De pronto, pensó que tal vez, esas piedras podían tener cierto valor… Se dirigió al joyero de la ciudad y le mostró sus “piedritas”. Para su sorpresa, el experto le informó que cada “piedrita” valía millones… Al escuchar la noticia se desmayó… Cuando lograron despertarlo, no podía contener su llanto: miles y miles de esas piedritas, las arrojé a la tierra para traer más y más grasa animal… Si hubiera sabido sobre el tesoro que tenía en mis manos, ahora sería uno de los grandes millonarios del mundo…
Nosotros fuimos enviados a este mundo, para preocuparnos por el sustento del alma, para que viva eternamente. En este mundo ruedan – por todas partes – infinitos diamantes y piedras preciosas, verdaderos: tenemos aquí innumerables oportunidades para cumplir preceptos – sin límites. Pero, no prestamos la debida atención… Las personas se imaginan que la grasa animal es el mejor negocio… Es decir, piensan que lo material es lo principal. Y así, intentan acumular más y más grasa, que no tiene ningún valor, y no sólo eso, sino que la grasa se pudre, y estas personas se llenan con verdaderas impurezas. Y cuando termina el viaje por este mundo, la grasa y el cuerpo – que son materia – comienzan a descomponerse, emanar olores desagradables, y su final está en la tumba, pero el alma, llega al Mundo de la Verdad, su destino prefijado, carente de todo, sin las piedras preciosas y sin los preceptos que pudo haber acumulado con tanta facilidad…
Cuando el hombre llega al Mundo de la Verdad, se le organiza un Juicio… y los Jueces buscan las piedras preciosas. Toda buena acción, todo precepto, se pesa en una balanza especial que multiplica exponencialmente su valor, con lo que descubrimos que el valor de cada precepto, de cada buena acción, puede llegar casi, casi, al infinito… Una riqueza incalculable… Y cuando el hombre ve cuánto se paga por cada precepto, entiende, y piensa… oy, oy… se llena de sufrimiento por haber desperdiciado la oportunidad única, en su paso por este mundo… Segundo tras segundo pudo haber juntado un patrimonio eterno, colmado de méritos… En lugar de eso, durante setenta – ochenta o más años, se ocupó sólo de los placeres del cuerpo, que no tienen ningún valor en el mundo venidero… Es imposible describir el sufrimiento, la angustia del alma, que se apodera de todo su ser, en esos momentos…
Es sabido, que cuando el Gaon de Vilna ztz”l agonizaba en su lecho, poco antes de abandonar este mundo, tomó en sus manos los hilos del Tzitzit, y dijo, llorando, mientras las lágrimas caían y caían: en este mundo, todavía se puede comprar con unas monedas, preceptos que en el mundo venidero se cotizan en millones…
Pero después de abandonar este mundo, todos los esfuerzos no van a servir para cumplir – ni siquiera – un precepto… Vamos a analizar… ¿quién pronunció estas palabras? Fue el Gaon de Vilna, que estaba lleno de Tora, preceptos y buenas acciones, que no desperdició ni un segundo de su vida… y si buscamos entre sus días, no encontraremos – jamás – ni un instante en vano… Entonces, ¿cómo es posible que sufra y llore, porque ahora perderá esta oportunidad maravillosa de cumplir más preceptos? Y si él sufre, cuánto más (o mucho más), para nosotros, que somos tan pequeños, que deberíamos correr detrás de cada precepto que se acerca a nuestras manos…
Una vez – dice rabi Arieh – me llamó un iehudi. El me contó que visitó una residencia para ancianos, y escuchó a uno de ellos, de unos noventa años y bien lúcido, que pedía a los enfermeros que le dieran unas pastillas para acortar su vida… porque estaba cansado de tantos sufrimientos. Al escuchar el pedido del anciano, se dirigió a mí, buscando consejos para ayudarlo y explicarle sobre el valor de la vida… Cuando yo escuché esto, llamé a un taxi, directo al lugar, para evitar que el anciano reciba ese tipo de pastillas… me senté junto a su cama y hablamos… Le expliqué sobre el valor de la vida, el valor de cada segundo de vida… sobre tres pecados en los que tenemos la obligación de dar la vida y no pecar, sin pasar ni por una sola prohibición. Pero, si le dicen al hombre si no pasas por tal prohibición, te quitamos todos tus bienes y pertenencias… renunciará a su dinero y no pecará… Vemos que una sola prohibición, vale más que todo su patrimonio, aunque sea multimillonario…
Y, con seguridad, Hashem no nos pediría semejante sacrificio, si no fuera porque lo justifica, con lo cual entendemos, que una sola prohibición vale, al menos, un billón de dólares…
Mira qué maravillosa oportunidad tienes – también cuando necesitas asistencia por tus dolencias. Acostumbramos a quejarnos, buscamos llamar la atención, sentirnos el centro de la escena.
Cuando llega el enfermero de la tarde, acusamos al de la mañana. Esto puede ser “Lashon Hara”, que incluye diecisiete prohibiciones.
Pero si no hablamos, evitamos esas prohibiciones y ganamos diecisiete billones de dólares, al menos. Mira todo lo que podemos conseguir en un instante de vida… Baruj Hashem, me escuchó…
Arieh Shaag.
LEILUY NISHMAT
Israel Ben Shloime ztz”l
Daniel Israel Ben Iehuda ztz”l
Shlomo Ben Simi ztz”l
Rab Itzkaj Ben rabi Shalom Mordejai Shevadron ztz”l
Lea (Luisa) Bat Rosa Aleha Hashalom
Leah Guitel Bat Rajel Aleha Hashalom
Sofía Bat Baruj Aleha Hashalom
Iemima Bat Abraham Avinu Aleha Hashalom
Olga Bat Rosa Aleha Hashalom
Clara Bat Elías Aleha Hashalom
Rivka Bat Mordejai Jaim Aleha Hashalom