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¡ERES UN ANIMAL!
Y Hashem creó al hombre… (Bereshit 1,27)
La diferencia entre el hombre y el animal es la elección – dice el rab hagaon Arieh Shejter ztz”l – ¿y qué es elegir?, ¿cómo se puede describir la elección?
Vamos a explicarlo con un ejemplo: Cuando en la casa hay una mujer que ayuda en las labores domésticas, y hace su trabajo excelentemente, todos la valoran y la elogian. La casa está limpia y brillante. La ropa lavada, planchada, ordenada bien en su lugar. La comida, condimentada al gusto de la familia y servida con una sonrisa… ¿Quién no valora un trabajo tan bien hecho?
Entonces, ¿Por qué no hay nadie que valore a una lavadora?, ¿ustedes saben lo que hace esta máquina por nosotros? Para entenderlo, vamos a describir cómo se ve un día de lavado de antaño, antes de la aparición de las máquinas lavadoras. En esos días, para lavar la ropa, era necesario remojar las ropas en un recipiente muy grande, con agua hirviendo, que se colocaba sobre un calentador de querosén, después se sacaba la ropa con una especie de tenazas, y se escurrían a mano…
Con el tiempo, apareció una máquina con dos ruedas de goma, que escurría la ropa. Esto ya se consideraba un lujo… En cambio, hoy en día, lavamos todo con la lavadora, apretamos un botón y todo se lava con la temperatura exacta que necesita cada tipo de prenda, y se escurre en la medida adecuada. Todo regulado de acuerdo a la necesidad. Cuando la lavadora concluye su operación, pasamos las vestimentas a la secadora. Otro botón, y las ropas estarán limpias y secas…
¡Y veamos qué asombroso! Cuando estas máquinas nos facilitan tanto el trabajo, nunca vimos que una persona se pare frente a la lavadora y le agradezca por su buen trabajo. Y esto sucede porque la lavadora no tiene elección, la lavadora no puede negarse, está obligada a responder a sus dueños.
Esta misma es la diferencia entre un hombre y un animal… Un animal es como una máquina, cuando la comparamos con un hombre. El animal se conduce según sus instintos y hace lo que se le ocurre. En principio, tenemos un domador que nos muestra un gato que se para sobre sus dos piernas, vestido con su uniforme, que sostiene una bandeja con vasos llenos de bebidas. Pero el gato siempre será un gato… Cuando tenga frente a sus ojos un ratón, tirará todo lo que lleva, y saldrá a cazar su presa…
También si el domador le asegura: mira, estás llevando un vino muy fino y valioso, no me provoques una pérdida tan grande… mañana recibirás – como premio – ¡cinco ratones! Esto tampoco ayuda, porque el gato no puede cambiar su naturaleza. El gato seguirá siendo gato – porque no tiene la posibilidad de elegir.
Solamente el hombre puede elegir, y con esto vemos la diferencia entre él y el animal. Contrario al animal, cuando el hombre está frente a dos posibilidades, él puede elegir para bien o para mal. Y con su elección se define su valor, cuando elige para bien y no para mal. Y existe una señal que nos muestra la diferencia entre el hombre y el animal: el hombre tiene frenos. El animal no tiene frenos, cuando quiere algo no puede esperar. El animal exige todo, aquí y ahora. En cambio, el hombre tiene frenos. También cuando quiera hacer cosas no buenas, tiene la posibilidad de negarse, porque sabe que – en el futuro – tendrá que pagar un precio muy alto, en el mundo venidero, e inclusive en este mundo. Un hombre que no tiene frenos, que no está dispuesto a contenerse, es una persona obsesiva, no puede decir que no, tal cual como el animal.
En cambio, el que puede sobreponerse a su inclinación natural y material, es digno de llevar este nombre: hombre. Y todo tiempo que adquiere para sí, la fuerza de sobreponerse y aprende a decir que no a sus deseos, su categoría se va elevando.
Cierta vez, viajaba con uno de mis compañeros para intentar conseguir una donación de un iehudi millonario. Al principio, pensábamos que vivía en el barrio de Har Nof, en Ierushalaim, pero después de media hora de búsqueda, supimos que la calle estaba en el barrio de Rejavia. ¿Acaso perdimos – en vano – media hora tan valiosa?, ¿acaso viajamos sin sentido?, no, no fue en vano. El conductor que nos llevaba era un hombre de unos cincuenta años. Durante el tiempo que compartimos con él en su automóvil, el hombre se abrió, nos contó que nació en una familia observante, estudió en un Talmud Tora… y que su esposa – también hoy – sigue siendo una mujer observante, en todo. Pero él, no puede vivir sin fumar, y por esto, también fuma en Shabat, ¡Hashem nos salve!… Y esto le provocó dejar todos los preceptos… Le pedí que detenga su vehículo, y le expliqué que la diferencia entre el hombre y el animal son los frenos: cuanto más frenos tienes, serás más hombre, pero si no tienes frenos y no puedes dejar de fumar en Shabat… ¿tú sabes lo que eres?… ¡Eres un animal!, ¡un animal! Estas últimas palabras, salieron de mi boca como un rugido… y ahora, esperaba una respuesta terrible. Pero, para mi sorpresa, el hombre me abrazó y me besó: honorable rabino, usted no sabe lo que ha hecho por mí, desde hoy, ya no seré un animal, ¡desde hoy seré un hombre! Hoy es el cumpleaños de mi esposa, y yo voy a volver – ahora – a mi casa, y le diré a mi esposa: nació, para ti, un esposo nuevo, desde hoy no profanaré más el Shabat, desde hoy, yo quiero ser un hombre…
Solamente, el que puede sobreponerse a su instinto, puede cambiar su forma para ser un hombre verdadero. Cuando comenzamos a fortalecernos sobre una cosa, una vez, dos o tres veces, nuestro rostro comienza a brillar. Nuestro cuerpo se ilumina y de lo que antes era materia, pasa a tener forma, y el alma ocupará su lugar, tomará el mando…
La Guemara, en el tratado de Sanhedrin (hoja 26b), pregunta sobre la Tora: ¿por qué se la llama “Tushia”?, porque “Mateshet” – elimina – la fuerza de la persona. Aunque – en verdad – y a pesar de esto, muchas veces vemos personas que se sientan a estudiar durante toda la noche, y no se ven – en absoluto – sin fuerzas. ¿Cómo es posible que la persona esté tan despierta, acaso la Tora no le quitó sus fuerzas? Pensé en explicar – dice rabi Arieh – que, en efecto, la Tora elimina las fuerzas del hombre, pero en lugar de estas fuerzas, le pone la fuerza de un Angel. Una fuerza mucho más grande que la del hombre. Mientras el hombre se esfuerza en la Tora, va recibiendo las fuerzas de un Angel…
Y hay un versículo en el profeta (Ieshaiahu 40,31), que refuerza esta opinión, cuando habla de un cambio de fuerzas, se van las fuerzas del hombre, y en su lugar, vienen las fuerzas del Angel. Y así también, lo explica el Ramban, cuando dice que el hombre tiene la fuerza para acostumbrarse a vivir – casi – sin comer y sin dormir. Nuestro cuerpo está preparado para vivir casi, como un Angel. Podemos ver esto en las pasadas generaciones, junto al Gaon de Vilna ztz”l, que no comía más de dos “Cazaitot” (Cazait=30 gr.) por día, y no dormía más de sesenta respiraciones al día. Y con todo esto, tuvo una larga vida. El cambió sus fuerzas por la fuerza de un Angel.
Pero no hace falta llegar tan lejos como hasta el Gaon de Vilna, que era un hombre santo del Cielo. Yo, todavía recuerdo al Admor, rabi Aharon Mibelz ztz”l, que – prácticamente – no comía, y casi no tomaba, hasta que fue tan grande su debilidad, que necesitaban sentarlo sobre una silla para pasarlo de un cuarto al otro. Y a causa de esta debilidad, trajeron un doctor para que busque la forma de mejorar su salud. El doctor estableció que el rebe no tenía ningún problema de salud, aparte de la realidad, de no entrar nada a su boca, por eso, ordenó que debía comer una comida abundante…
El rebe de Belz no iba a desestimar la orden del doctor. Si el doctor lo dijo, había que hacerlo. Por eso, ordenó que le preparen una comida abundante, como ordenó el doctor, para alegría de sus piadosos, que pensaron que su rabino se dispondría a comer para fortalecerse. Toda la familia quería ocuparse de la comida del justo. Finalmente, entraría comida sana y abundante, a su cuerpo debilitado. Todos de ocuparon de los preparativos, mientras el rebe observaba y controlaba, esperando que la comida estuviera preparada. Cuando todo estaba listo para que el rebe comiera su abundante comida, el rebe llamó a dos jóvenes y les dijo: escuchen bien, el doctor me ordenó comer una comida abundante. Y debido a que yo no tengo fuerzas para comer semejante comida, y ya que nuestros sabios dijeron: “el enviado del hombre es como él mismo”, yo los nombro a ustedes como a mis enviados, para que coman en mi lugar…
Este es un hecho real, que muchos pudimos ver con nuestros propios ojos. Un hombre que llegó – casi – a la categoría de un Angel… y no hace mucho tiempo de esto…
Arieh Shaag.
LEILUY NISHMAT
Israel Ben Shloime ztz”l
Daniel Israel Ben Iehuda ztz”l
Rab Itzkaj Ben rabi Shalom Mordejai Shevadron ztz”l
Lea (Luisa) Bat Rosa Aleha Hashalom
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Sofía Bat Baruj Aleha Hashalom
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