
BS”D
CREER O PERDER…
Las cosas santas del hombre serán de él (del Cohen) y lo que el hombre da al Cohen será suyo (del hombre). (Bamidvar 5,10)
Dice el rab hagaon Reuben Karelinstein ztz”l: a mí siempre me gusta contar las cosas que escucho de rabi Iaacov Galinsky ztz”l. Cierta vez, lo atraparon los bolcheviques y lo metieron en la cárcel. Junto con él, encarcelaron a un multimillonario, al que le embargaron todas sus pertenencias. Este millonario me dijo – así relataba el rab Galinsky – que había dos personas en el mundo, a las que jamás perdonaría, ¡ni en este mundo, ni en el mundo venidero! ¿Y quiénes son estas dos personas? El primero, el rebe Mikuvna, y el segundo, el rebe Miponeviz…
El hombre vio mi expresión de asombro, ¿qué motivo tenía para tener ese sentimiento para dos hombres tan justos? Y me explicó: Estos dos hombres justos, acostumbraban a visitarme regularmente – en mi casa – con el objeto de pedirme Tzedaka para el fortalecimiento de la Tora. Al entrar a mi casa, siempre me honraban y alababan mis donaciones…
No era importante cuánto dinero les entregaba, siempre me agradecían con calidez, con todo el corazón… Y entre nosotros – me dijo el millonario – ¿qué es lo que les di? Un polvo de tabaco (muy poco), nada más… Pero así fue, el instinto del mal tan fuerte que tenía, no me permitía dar más…
Le pregunté, cuenta rabi Iaacov, ¿y qué pretendía de ellos?, ¿en qué pecaron? Me explicó: ¡honorable rabino! ¿Por qué no me obligaron a dar más? Usted ahora puede ver, todo mi patrimonio fue embargado en manos de los bolcheviques, y no me quedó absolutamente nada… Pregunté otra vez: ¿y qué podían hacer? Usted les dio lo que les dio - ¿qué quiere?, ¿que no se lleven la donación porque no es suficiente? Y el hombre contestó sin titubear: pero, ¿por qué no vinieron armados?, ¿por qué no me pusieron un arma en la cabeza? Debían haberme dicho, que debía entregarles más dinero, y si no – recibiría un balazo en la cabeza… Si hubieran hecho así – una gran parte de mi dinero habría fortalecido más la Tora, y todavía estaría en mis manos…
En la época en que el rab Dessler ztz”l vivía en Londres, hizo una visita a la tierra de Israel. En esos días, escribió una carta para sus alumnos de Londres, donde les contaba lo que veía en tierra santa. Entre las cosas que escribió, decía que la mayoría de los iehudim de Ierushalaim, vivían en una tremenda pobreza, pero había un iehudi, que comparado con la mayoría, podía llamarse rico, y tenía una hermosa costumbre que quería compartir con sus alumnos: Este iehudi, cada vez que casaba a uno de sus hijos, entraba a la “Casa de Huérfanos Diskin” y preguntaba cuáles eran los diez huérfanos más pobres. A cada uno de ellos le compraba un traje nuevo… Y decía: Hakadosh Baruj Hu me permitió casar a uno de mis hijos, y yo voy a vestir a diez de Sus Hijos, para que se vean como novios… Y no sólo eso, cada vez que casaba a una hija, entraba a la “Casa de Huérfanas Blumental” y compraba vestidos nuevos para diez huerfanitas.
Vamos a pensar, y podremos ver, escribió el rab Dessler, ¡qué sentimiento delicado!, noble, tiene este iehudi de Ierushalaim. En su día de alegría no se preocupa sólo de sí mismo, de sus hijos y de sus hijas, sino que también se preocupa por alegrar a los Hijos y a las Hijas de Hashem, y solamente con este sentimiento puro puede disfrutar de su alegría personal. Agregó el rab Dessler: sentí la curiosidad de ver la clase de trajes que compró este hombre rico para los huérfanos. Averigüé y pude ver que eran trajes muy buenos, de calidad, no “shmates”, aunque no fueran los mejores. Fui a visitarlo y le dije: ¡dichoso! Dichoso porque también en el día de su alegría hay un gran espacio para pensar en los demás, en los pobres, para alegrarlos con su acción de Tzedaka…
Pero, pensando como un “comerciante”, que sin lugar a dudas, usted debe ser mucho mejor que yo, quisiera hacerle una observación comercial. Me parece que hay cierto error en el negocio… Vi que el hombre se asombró con mis palabras, y le expliqué cuáles eran mis intenciones: ¿Cuántas horas en el día usted viste su traje? Una o dos horas. ¿Y cuántos años usted usa el mismo traje? Uno o dos… Pero el traje que usted le compra a los huérfanos lo vestirán durante millones de años… es un traje para la eternidad. Entonces, yo le hago una pregunta “comercial”: ¿cuál de los trajes deberá ser de mejor calidad, el suyo o el del huerfanito?
-¡Señores! – dice rabi Reuben. Vamos a recordar las santas palabras del “Jafetz Jaim” ztz”l: las cosas santas del hombre serán de él – solamente lo que la persona entrega para cosas de santidad, para fortalecer la Tora, para dar caridad, es lo que ¡queda en su mano para la eternidad! Del resto de su dinero, de su oro, que acumuló con mucho esfuerzo, ¡no le quedará nada!
Conocí a un iehudi multimillonario, a groise gvir. Rezamos juntos en el mismo Beit Hakneset. Y créanme, por favor, todo tiempo que estuve junto a él, me sentía tranquilo, satisfecho…
El hombre se movía, permanentemente, rodeado por varios guardaespaldas, que no dejaban ningún agujero libre. Estaba envuelto en una cápsula. Los guardaespaldas, estaban todos armados, y el hombre se movía en el centro, muerto de miedo…
En cambio yo, gracias al Creador, me muevo con total “libertad”, sin miedo, rodeado de Angeles, a mi derecha está Mijael y a mi izquierda Gabriel, no existe nadie más feliz que yo…
¡Señores! ¡Créanme!, ¡pobre hombre! Toda su vida con miedo, tenso, sin un minuto de tranquilidad. Pude conocerlo. Su final fue terrible: una vez, estando solo en su casa, se desató un incendio, y él pensó que los ladrones habían encendido el fuego intencionalmente, para robarle y matarlo. Por eso, entró a un escondite que tenía en su casa, preparado de antemano para una circunstancia parecida. Era un lugar al que nadie podía entrar, aparte de él y del jefe de los guardaespaldas. Pero cuando este guardaespaldas llegó a la mansión, la policía no le permitió la entrada, porque no tenía cómo identificarse, la custodia del hombre era tan secreta que ni la policía podía identificar. La esposa del millonario lo llamó, pidiéndole que abra la puerta, pero el sospechaba que tal vez los ladrones la obligaron a llamar.
Se quedó encerrado en el cuarto y finalmente encontró la muerte, ahogado con el humo del incendio… ¡Tremendo! De todos los miles de millones no le quedó nada. Y se cumplieron las palabras de David Hamelej (Tehilim 49,11): y dejan sus riquezas a otros. El dinero no pudo salvarle la vida. Solamente el dinero que se entrega para la caridad y para fortalecer la Tora – es el dinero que realmente nos queda…
Rabi Shlomo Levinstein Shlita, nos trae las palabras de nuestros sabios, en el tratado de Taanit (hoja 9a). Allí encontramos que la persona que retiene o retrasa el diezmo, provoca su propia pérdida, que lo llevará a la pobreza…
Dicen los Tosafot, que cuando la persona no separa dignamente de sus santidades, o sea del diezmo, finalmente se quedará solamente con la décima parte de sus ingresos…
Y así explicaron nuestros sabios el versículo (Devarim 14,22): diezmar diezmarás… – diezmarás (Aser) para enriquecerte (Shetitasher), cada entrega del diezmo traerá más riqueza a la persona, y cuando no da – provocará pérdidas…
El Midrash (Shemot Raba 31,17) nos cuenta sobre un hombre rico que poseía un campo que producía mil toneladas de cosecha. Cada año, este hombre separaba el diezmo: cien toneladas, y así durante toda su vida. Cuando se enfermó, y sintió que llegó el momento de viajar al Mundo de la Verdad, llamó a su hijo y le dijo: hijo mío, el campo que heredarás produce mil toneladas al año. Deberás poner mucho cuidado y separar el diezmo, cada año, de cien toneladas, como lo hice toda la vida. El padre falleció, y el hijo trabajó el campo de su padre, y, en efecto, el campo produjo mil toneladas, tal cual como el padre le anunció. El primer año, el hijo recordó la orden del padre y separó el diezmo de cien toneladas. El segundo año, la producción también alcanzó las mil toneladas, pero el hijo, no cumplió la orden del padre y no separó el diezmo. Al año siguiente, el campo produjo sólo cien toneladas… Los parientes escucharon que no separó el diezmo y fueron a verlo todos vestidos de blanco, y alegres. ¿Parece que están alegres con mi desgracia?, les preguntó. ¿Acaso tenemos que sufrir? Tu desgracia se debe a que no separaste el diezmo como tu padre te ordenó. Al principio, cuando el campo llegó a tus manos, cargabas el nombre de “dueño del campo”, y Hakadosh Baruj Hu era el “Cohen”, que se llevaba el diezmo, o sea el diez por ciento. Ahora, por no separar Su Parte, Hakadosh Baruj Hu se convirtió en el “Dueño”, ¿y qué te quedó? Ser el “Cohen” y quedarte sólo con el diez por ciento, o sea, sólo con cien toneladas en lugar de mil…
Ieji Reuben. Umatok Haor.
LEILUY NISHMAT
Israel Ben Shloime ztz”l
Daniel Israel Ben Iehuda ztz”l
Shlomo Ben Simi ztz”l
Rab Itzkaj Ben rabi Shalom Mordejai Shevadron ztz”l
Lea (Luisa) Bat Rosa Aleha Hashalom
Leah Guitel Bat Rajel Aleha Hashalom
Sofía Bat Baruj Aleha Hashalom
Iemima Bat Abraham Avinu Aleha Hashalom
Olga Bat Rosa Aleha Hashalom
Clara Bat Elías Aleha Hashalom
Rivka Bat Mordejai Jaim Aleha Hashalom
Inscribite
Contactanos